Lo que empezó como una amenaza recurrente en los discursos de campaña de Donald Trump se convirtió, este jueves, en una realidad irreversible: Estados Unidos quitará su bandera de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra y se niega a pagar la deuda que se le reclama.
La ruptura se consumó apenas un año después de que Trump, en su primer día de regreso al Despacho Oval, firmara la orden ejecutiva.
Los argumentos de la Casa Blanca para llevar adelante esta medida es una supuesta sumisión de la OMS a los intereses de China, una gestión ineficiente de la crisis del COVID-19 y la queja histórica de que Estados Unidos pagaba una "factura desproporcionada" para sostener un organismo que, a ojos de Washington, no rinde cuentas.
El "agujero negro" financiero de la OMS
El impacto no es solo político. Históricamente, Estados Unidos aportaba entre el 18% y el 25% de los fondos de la organización. Sin esos cheques, la OMS ha entrado en una fase de supervivencia crítica. El ajuste ya se siente: la cúpula directiva se ha reducido a la mitad y se espera que, para junio, una cuarta parte de la plantilla haya sido despedida.
Además, el portazo deja una deuda pendiente de resolución. Mientras que Ginebra reclama cerca de 280 millones de dólares en cuotas impagadas de los últimos dos años, el Departamento de Estado se ha plantado: consideran que el pueblo estadounidense ya ha "pagado suficiente" y no hay intención de soltar un solo dólar más antes de cerrar la puerta.
Acuerdos bilaterales
Lo que viene ahora es un cambio de paradigma. Estados Unidos no se queda de brazos cruzados, pero sí se queda solo. El plan del gobierno estadounidense es sustituir la coordinación global por acuerdos bilaterales directos con otros países. Es decir, Washington elegirá con quién colaborar y bajo qué condiciones en la vigilancia de enfermedades, ignorando por completo la estructura técnica de la OMS.
Incluso han rechazado la figura de "estado observador", cortando cualquier vínculo que permita una futura reconciliación a corto plazo.
Críticas a la política de EE.UU.
La comunidad científica y los expertos en salud pública han puesto el grito en el cielo. Lawrence Gostin, referente del Instituto O’Neill, no ha dudado en tildar la medida de "violación legal", aunque reconoce la nula capacidad de maniobra para frenar al presidente.
Pero más allá de la legalidad, lo que preocupa es la seguridad. Figuras como Bill Gates o Kelly Henning (Bloomberg Philanthropies) coinciden en un diagnóstico sombrío: sin la mayor potencia del mundo compartiendo datos y coordinando respuestas en tiempo real, el planeta queda mucho más expuesto cuando aparezca la próxima pandemia. La red de seguridad global ahora tiene un agujero del tamaño de Estados Unidos.
Este jueves, Ginebra amaneció con un mástil vacío. El gesto simbólico oculta una pregunta mucho más inquietante: ¿quién se encargará de dar la voz de alarma cuando el próximo virus empiece a cruzar fronteras? Por ahora, nadie tiene la respuesta.