Geopolítica: cumplió una semana el golpe que cambió la historia de Venezuela ¿y de Latinoamérica?
La madrugada del 3 de enero cambió dramáticamente la geopolítica.
La madrugada del 3 de enero cambió dramáticamente la geopolítica.
La madrugada del 3 de enero cambió dramáticamente la geopolítica.
La madrugada del 3 de enero cambió dramáticamente la geopolítica.
A las 2:00 de la madrugada del sábado 3 de enero, Caracas no despertó; simplemente dejó de dormir. No hubo sirenas antiaéreas previas, solo el estruendo seco y coordinado que sacudió los cimientos de Fuerte Tiuna y La Carlota. Venezuela cambió en minutos. ¿Y Latinoamérica? La geopolítica, en shock.
En los barrios de Petare y el 23 de Enero, la gente se asomó a las ventanas, no para ver fuegos artificiales, sino para presenciar cómo el cielo se iluminaba con la precisión quirúrgica de la Operación Absolute Resolve. En cuestión de cuarenta minutos, la historia de Venezuela había girado 180 grados.
La noticia corrió primero por grupos de WhatsApp y redes sociales antes de que cualquier medio oficial pudiera reaccionar: Nicolás Maduro y Cilia Flores no estaban. No se habían fugado; habían sido extraídos.
El domingo 4 de enero, Caracas amaneció bajo una calma irreal, casi eléctrica. Las calles, habitualmente ruidosas, estaban desiertas. No había transporte público, y los comercios permanecieron con las santamarías abajo. La confirmación llegó desde Washington, no desde Miraflores. El Departamento de Defensa de los Estados Unidos anunció que el mandatario venezolano había sido trasladado a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo.

Nicolás Maduro bajo el control de fuerzas de Estados Unidos. La imagen fue publicada por Donald Trump
En Venezuela, el vacío de poder se sentía físico. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), descabezada en su vértice máximo, se replegó a los cuarteles. No hubo el levantamiento popular masivo que algunos predecían, ni la resistencia armada encarnizada que prometía la retórica oficialista. Hubo, en cambio, un silencio de estupor. Mientras en ciudades como Miami o Madrid la diáspora llenaba las plazas con banderas tricolores, en Caracas reinaba la incertidumbre. "¿Y ahora quién manda?", era la pregunta que se murmuraba en las colas de las pocas panaderías abiertas.
El lunes 5 de enero, la imagen que dio la vuelta al mundo no fue la de un desfile militar en Los Próceres, sino la de Nicolás Maduro compareciendo ante una corte federal en Manhattan, declarándose "no culpable". Esa foto, más que cualquier decreto, selló la sensación de "dominio" estadounidense que ahora permea la atmósfera nacional. La soberanía, palabra sagrada en el discurso de la última década, parecía haberse disuelto en el aire acondicionado de un tribunal norteamericano.
En Caracas, Delcy Rodríguez, asumiendo la figura de "presidenta encargada" en medio de la emergencia, denunció la operación como un "secuestro". Sin embargo, la retórica incendiaria chocaba con una realidad pragmática: la administración de Donald Trump había demostrado que las líneas rojas ya no existían.
Hacia el miércoles 7 de enero, la narrativa cambió drásticamente. Lo que comenzó como una denuncia de agresión, mutó rápidamente hacia la supervivencia política. Se filtraron reportes de que el Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, había establecido canales directos con los remanentes del gobierno en Caracas. La instrucción parecía clara: "estabilización y transición", o enfrentar más consecuencias.
La población venezolana, experta en leer entre líneas, notó el cambio. Las fuerzas de seguridad del Estado, antes omnipresentes en la represión política, bajaron el perfil. Se reportó la liberación discreta de un grupo de presos políticos, un gesto que muchos interpretaron no como benevolencia, sino como la primera cuota de pago exigida por la nueva autoridad de facto que operaba desde el norte.
Llegamos al día de hoy, 10 de enero de 2026, la fecha que constitucionalmente marcaba el inicio de un nuevo período presidencial. Pero no hubo juramentación en el Palacio Federal Legislativo con la pompa habitual. En su lugar, el ambiente es el de una administración intervenida.

La desafiante advertencia de Estados Unidos a Venezuela. Redes
La llegada confirmada de una delegación de "funcionarios diplomáticos" del Departamento de Estado a Maiquetía ayer viernes terminó de dibujar el nuevo paisaje. Aunque la bandera tricolor sigue ondeando en el Panteón Nacional, las decisiones críticas sobre la economía, el petróleo y el orden público parecen estar pasando por el filtro de la "cooperación" impuesta por Washington.
La semana cierra con una Venezuela que no es la misma del 31 de diciembre. No es aún una democracia plena, ni una colonia declarada, sino un territorio en el limbo, donde el poder formal sigue en Miraflores, pero el poder real —el que mueve los aviones y dicta los tiempos judiciales— habla inglés y despacha desde la Casa Blanca. Para el ciudadano de a pie, la vida continúa entre el alivio de un cambio largamente esperado y el vértigo de saber que su destino se decide, más que nunca, fuera de sus fronteras.