Buenos Aires llevaba casi un día mirando hacia el Río de la Plata. Desde la tarde anterior, miles de personas se habían acercado a la Costanera con la esperanza de ver aparecer al Plus Ultra, el hidroavión español que intentaba completar una hazaña inédita: unir Europa y Sudamérica por aire. La espera se prolongó más de lo previsto y recién poco después del mediodía del 10 de febrero de 1926 la aeronave apareció en el horizonte. La multitud estalló en aplausos y los diarios de la época coincidieron en que la ciudad había sido escenario de un recibimiento pocas veces visto. A 100 años de la hazaña, un repaso por una aventura única.
Diecinueve días antes, el 22 de enero, la expedición había partido desde Palos de la Frontera, el mismo puerto del que habían zarpado las carabelas de Cristóbal Colón en 1492. La elección no fue casual. Si aquel viaje marcaría el inicio de la conquista europea de América, la misión del Plus Ultra buscó demostrar que la aviación podía volver a tender un puente entre España y el continente.
El vuelo no era una aventura personal ni una competencia deportiva. España buscaba exhibir al mundo los avances de su aviación y reforzar los lazos con Hispanoamérica, en un momento en que la Argentina era uno de sus principales socios comerciales y albergaba la comunidad española más numerosa fuera de la península. En ese sentido, Buenos Aires era el destino con mayor peso político, económico y simbólico para una travesía que aspiraba a convertirse en un acontecimiento internacional.
Dos nombres cargados de historia
El hidroavión fue bautizado con el lema de España, adoptado oficialmente por Carlos I en el siglo XVI: Plus Ultra ("Más allá") simboliza la decisión de ir más allá de los límites conocidos. La aeronave, un Dornier Wal de fabricación alemana operado por la Aeronáutica Militar española, parecía resumir ese espíritu: una máquina construida para desafiar una frontera que hasta entonces parecía reservada a los barcos.
Al frente de la expedición estaba Ramón Franco, el aviador más famoso de la España de aquellos años. Mucho antes de que su apellido quedara asociado a la dictadura de su hermano menor, Francisco, era Ramón quien ocupaba las portadas de los diarios. Carismático, temerario y convertido en héroe nacional tras el cruce del Atlántico, representaba el espíritu de una generación fascinada por los avances tecnológicos y las grandes proezas de la aviación. Lo acompañaban el navegante Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada.
La travesía y el recibimiento
El viaje estuvo lejos de ser sencillo. Sin GPS, radares ni sistemas modernos de comunicación, la navegación dependía de brújulas, cronómetros, observaciones astronómicas y cálculos realizados durante el vuelo. Después de despegar de España, la tripulación hizo escalas en Gran Canaria, Cabo Verde, Fernando de Noronha, Recife, Río de Janeiro y Montevideo antes de completar los más de 10.000 kilómetros que la separaban de Buenos Aires.
El tramo entre Cabo Verde y la isla brasileña de Fernando de Noronha fue el más exigente de todo el recorrido: más de dos mil kilómetros sobre el océano sin posibilidad de realizar un aterrizaje de emergencia.
La llegada a la Argentina superó cualquier expectativa. Miles de personas desbordaron la Costanera para recibir a la tripulación y el presidente Marcelo T. de Alvear encabezó los homenajes oficiales. En medio de los empujones, los propios aviadores recordarían que apenas podían avanzar entre la multitud, mientras las autoridades intentaban abrirles paso.
La visita no terminó en Buenos Aires. Durante los días siguientes, la tripulación emprendió una gira por distintas ciudades argentinas, donde fue recibida con homenajes oficiales y multitudinarias muestras de afecto.
El 13 de febrero llegó a La Plata, donde una numerosa comitiva la esperó en la estación del ferrocarril para acompañarla hasta el Teatro Argentino. Allí, la colectividad española ofreció un banquete en honor a los aviadores, en una ciudad que por entonces concentraba una importante comunidad de inmigrantes llegados desde la península. La escala platense fue una muestra más de la repercusión que había alcanzado una travesía que, en apenas tres semanas, había capturado la atención de buena parte del país.
La repercusión que generó la travesía fue tan grande que trascendió el ámbito de la aviación. Dos años más tarde, Carlos Gardel grabó La gloria del águila, un tango compuesto especialmente en homenaje a la hazaña del Plus Ultra. La letra recorría el itinerario de la expedición, mencionaba uno por uno a sus cuatro tripulantes y celebraba el "noble lazo" tendido entre España y la Argentina, prueba de que aquel vuelo ya había trascendido el plano tecnológico para convertirse en un acontecimiento cultural.
Qué fue de la vida del Plus Ultra
Cuando la misión concluyó, el rey Alfonso XIII decidió donar el Plus Ultra al Estado argentino como símbolo de amistad entre ambos países. La aeronave, que inicialmente había sido concebida para demostrar el potencial de la aviación española, terminó convirtiéndose en un puente permanente entre ambas orillas del Atlántico.
Casi un siglo después, aquel hidroavión sigue en la provincia de Buenos Aires. Se conserva en el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, en Luján, donde permanece como uno de los testimonios más valiosos de una travesía que comenzó como un desafío tecnológico y terminó consolidándose como uno de los gestos diplomáticos más significativos entre España y la Argentina durante el siglo XX.