El básquet mundial se ha detenido para despedir a una de sus figuras más monumentales. Uliana Semenova, la jugadora que convirtió la zona pintada en su reino, murió a los 73 años. Con sus 2,13 metros, no solo fue la más alta de su época, sino la más ganadora, dejando un vacío enorme en la historia del deporte olímpico.
La era del dominio absoluto: 18 años y una sola derrota
La carrera de Semenova desafía cualquier lógica estadística moderna. Durante casi dos décadas, la pívot letona fue el pilar de la selección de la Unión Soviética, logrando una hazaña que hoy parece de ciencia ficción: disputó cientos de partidos internacionales y solo perdió uno. Su presencia en la cancha garantizaba el éxito, llevando a su equipo a lo más alto del podio en cada rincón del planeta.
Con dos medallas de oro olímpicas (1976 y 1980) y tres títulos mundiales, Semenova se convirtió en la primera mujer no estadounidense en ser exaltada al Basketball Hall of Fame. Su juego no era solo altura; era una comprensión profunda de los espacios y una resistencia física que desafiaba a la propia naturaleza.
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El amargo contraste entre la gloria deportiva y la miseria
A pesar de haber ganado 42 títulos oficiales y ser una celebridad global, la vida de Uliana fuera de las canchas estuvo marcada por la precariedad. El régimen soviético, bajo el cual desarrolló la mayor parte de su carrera, confiscaba la gran mayoría de sus ingresos, dejándola en una situación de vulnerabilidad económica extrema tras su retiro.
El calvario económico de una estrella mundial
"De mi contrato de 10.000 dólares en España, solo recibía 480 al mes; el resto se lo quedaba el Estado", relató Semenova en sus años finales. Esta falta de ahorros, sumada a los altos costos de los tratamientos para su acromegalia -la enfermedad responsable de su crecimiento desmedido-, la obligó a vivir con una pensión que apenas cubría sus necesidades básicas, dependiendo en gran medida de la ayuda de fundaciones deportivas.
El cuerpo que fue su motor y su propia cárcel
La estatura que le dio la fama también le cobró una factura muy alta. Los 2,13 metros de altura le provocaron problemas óseos y articulares crónicos desde muy joven. En sus últimos años, la salud de la leyenda se deterioró hasta el punto de sufrir la amputación de una pierna y quedar confinada a una silla de ruedas.
Un espíritu resiliente hasta el final
Aun con las limitaciones físicas, Semenova nunca se alejó del deporte. Desde su silla de ruedas en Letonia, continuó presidiendo la Fundación de Asistencia Social de los Olímpicos Letones, asegurándose de que otros atletas no pasaran por las mismas penurias que ella enfrentó. Su resiliencia la convirtió en un símbolo de dignidad para su país.
El legado de la "Torre de Riga" en el baloncesto moderno
La partida de Semenova cierra un capítulo dorado del básquetbol femenino. Su influencia se extiende más allá de los trofeos; ella obligó a las potencias del deporte, incluido Estados Unidos, a replantear sus estrategias para intentar frenar a una mujer que parecía imparable.
Hoy, el básquetbol despide a su gigante más noble. Uliana Semenova no solo cambió la historia del deporte por lo que hizo con el balón, sino por la entereza con la que enfrentó el olvido de un sistema que la usó para brillar y la dejó en la penumbra cuando las luces del estadio se apagaron. Su nombre, sin embargo, permanecerá grabado en cada estadística de invencibilidad que el tiempo intente borrar.