Mendoza no creó empleo formal en una década: ¿cómo le fue a San Juan minero y a Neuquén petrolero?
- La creación de empleo privado fue esquiva en Mendoza, mientras crecía la población.
- Contrastes del panorama local con el de San Juan, Neuquén y Catamarca.
PorJavier Polvani
7 de enero de 2026 - 09:36
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La economía de Mendoza se estancó hace más de diez años. Lo saben los trabajadores como nadie, porque pagaron el precio más alto. Mientras, el empresariado y la dirigencia política disimulaban la incapacidad para generar desarrollo con el reclamo de la falta de minería. No obstante, San Juan, con minería desde hace 20 años, destruyó empleos.
Pese a lo mal que le fue en la década, la economía mendocina tuvo un mejor desempeño en materia de empleo que su vecina del norte. En cambio, a Catamarca le fue un poco mejor con la minería, pero la generación de empleo que presentó es poco significante en comparación con la masa laboral mendocina, por ejemplo.
El panorama del trabajo registrado es complejo y desigual en el país. Cada región tiene sus particularidades. Mendoza, por su parte, es una de las provincias con mayor diversificación de su base de sustentación económica. La provincia cuenta con la economía más diversa, incomparable en ese aspecto con San Juan, que lleva dos décadas atada a los vaivenes de la minería metalífera.
A pesar de esa diferencia estructural, en materia de empleo, a las dos provincias cuyanas les fue mal en la última década. Mientras tanto, otras dos provincias del centro oeste del país, lograron ampliar el empleo formal.
Un análisis comparativo de Mendoza, San Juan, Neuquén y Catamarca -en el periodo comprendido entre septiembre de 2015 y septiembre de 2025- expone dos velocidades de desarrollo: la tracción vigorosa de la energía y la minería; frente al agotamiento del modelo agroindustrial tradicional.
Diferentes zonas de Mendoza estarán afectadas por estos trabajos.
Santiago Tagua
Los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), contrastados con los resultados definitivos de los censos nacionales de 2010 y 2022, configuran un escenario de alerta para la región de Cuyo y de oportunidades logísticas desafiantes para la Patagonia y el NOA. Lo que está en juego no es solo la estadística, sino la sostenibilidad social de estas provincias ante una presión demográfica que no cesa.
Una década de luces y sombras
Para comprender la magnitud del fenómeno, es necesario establecer el punto de partida. En septiembre de 2015, la economía argentina comenzaba a mostrar signos de fatiga tras el ciclo de commodities de la década anterior. En ese momento, Mendoza ostentaba el liderazgo regional indiscutido con 247.400 trabajadores asalariados en el sector privado. Neuquén, con una matriz dependiente de los hidrocarburos convencionales en declive y una incipiente promesa de no convencionales, registraba 114.600 empleos. San Juan contaba con 82.000 puestos formales y Catamarca, mucho más pequeña en escala, apenas superaba los 32.000.
Diez años después, en la proyección a septiembre de 2025, la fotografía ha cambiado drásticamente. La década, atravesada por crisis cambiarias, una pandemia global y sequías históricas, funcionó como un tamiz que separó a las economías con "viento de cola" estratégico de aquellas que dependen del consumo interno y exportaciones tradicionales.
La locomotora de Vaca Muerta
El caso neuquino es la excepción que confirma la regla del estancamiento nacional. La provincia patagónica no solo logró sortear las crisis recurrentes, sino que protagonizó una recuperación en forma de "V" tras el desplome de la pandemia en 2020.
Los números son elocuentes. De los 114.600 empleos de 2015, Neuquén saltó a 147.800 en septiembre de 2025. Esto representa una creación neta de 33.200 puestos de trabajo formales, un crecimiento del 28,97%. Es la única jurisdicción de la muestra que exhibe un dinamismo de "tasas chinas" en un país que, en promedio, apenas ha logrado sostener el empleo.
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El motor de este fenómeno tiene nombre propio: Vaca Muerta. La maduración de la formación de hidrocarburos no convencionales generó un efecto derrame que trascendió a los operarios de pozo. La demanda de servicios petroleros, transporte, logística, gastronomía y, fundamentalmente, construcción, creó un ecosistema laboral robusto. Neuquén logró algo que pocas provincias consiguen: desacoplarse parcialmente del ciclo recesivo nacional gracias a una demanda de inversión extranjera directa y local enfocada en la exportación energética.
El despertar del litio
En el otro extremo geográfico de la muestra, Catamarca ofrece una historia de éxito a menor escala, pero igualmente significativa. Partiendo de una base reducida de 32.200 empleos en 2015, la provincia del NOA logró escalar a 36.200 para 2025. Si bien el número absoluto (4.000 nuevos empleos) puede parecer modesto en comparación con los grandes distritos, en términos relativos representa una expansión del 12,42%.
El punto de inflexión para Catamarca se observa claramente a partir de 2021. Mientras el resto del país luchaba por volver a los niveles prepandemia, la provincia aceleró su contratación impulsada por la "fiebre del litio". La construcción de plantas de procesamiento y la exploración minera en la Puna catamarqueña dinamizaron un mercado laboral históricamente dependiente del empleo público. Aunque los datos hacia el final de la serie (2024-2025) muestran una leve corrección a la baja —propia de la finalización de etapas constructivas de grandes proyectos—, el saldo de la década es positivo y marca un cambio de perfil productivo.
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El apagón de Cuyo
La contracara del auge extractivo se encuentra en la región de Cuyo. Tanto Mendoza, como San Juan finalizan el periodo analizado con números en rojo, configurando lo que los economistas podrían denominar una "década perdida" en términos de generación de empleo privado genuino.
La falta de grandes proyectos de inversión transformadores ha dejado a la economía mendocina girando sobre sí misma, incapaz de absorber a los ingresantes al mercado laboral. Mendoza, la economía más grande y diversificada del oeste argentino, no logró perforar su techo estructural. Inició la serie con 247.400 empleos y llega a septiembre de 2025 con 243.900. La pérdida neta de 3.500 puestos de trabajo (-1,41%) es un dato alarmante para una provincia que suele presentarse como modelo de institucionalidad y clima de negocios.
El análisis de la curva mendocina muestra una rigidez preocupante. Tras la caída brutal de la pandemia —donde el empleo se desplomó hasta los 226.000 puestos—, la recuperación fue lenta y penosa. Sectores tradicionales como la vitivinicultura, el comercio y el turismo, si bien activos, no han tenido la fuerza suficiente para expandir la frontera laboral.
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Además, en el sector energético, que es el que más impulso recibió durante la gestión presidencial de Javier Milei, Mendoza perdió puestos de trabajo en 2025. Julián Matamala, secretario general del Sindicato de Trabajadores Jerárquicos del Petróleo y el Gas, denunció 400 despidos desde que YPF emprendió la retirada de los pozos maduros locales a los shale de Neuquén, desde marzo de 2025. A la vez, entre los afiliados al gremio de base de los hidrocarburos los despidos fueron más de mil.
La situación de San Juan es similar en tendencia, aunque con matices propios. La provincia vecina pasó de 82.000 empleos en 2015 a 80.100 en 2025, una contracción del 2,31%. San Juan, que supo tener un auge minero metalífero a principios de siglo, ha sufrido la maduración de sus minas activas (como Veladero) sin que hayan entrado en fase de explotación nuevos proyectos de cobre de clase mundial (como Josemaría o Los Azules) durante el periodo analizado. La expectativa minera existe, pero aún no se traduce en las planillas del SIPA con la fuerza necesaria para revertir la tendencia negativa.
El dato que agrava el diagnóstico
Si el análisis del empleo por sí solo ya plantea desafíos, al cruzarlo con la evolución demográfica reportada por el INDEC entre los censos 2010 y 2022, el panorama se torna crítico para las provincias cuyanas y revelador para las patagónicas.
La población no es una variable estática; crece, demanda servicios y, sobre todo, busca trabajo. La capacidad de una economía regional para mantener la paz social y el bienestar depende, en gran medida, de que la curva de creación de empleo corra a la par de la curva de crecimiento poblacional.
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Neuquén: Crecimiento simétrico Entre los censos de 2010 y 2022, la población de Neuquén creció un impresionante 28,9%, pasando de 551.266 a 710.814 habitantes. Lo extraordinario del caso neuquino es la simetría casi perfecta con su mercado laboral: el empleo privado creció un 28,97% en el periodo analizado. Esto indica que Neuquén ha sido un polo de atracción migratoria interna. Familias enteras se han desplazado hacia la cuenca neuquina en busca de oportunidades, y el mercado privado ha tenido la "cintura" suficiente para absorber ese flujo. Aunque esto genera tensiones en infraestructura, vivienda y servicios públicos, desde el punto de vista estrictamente laboral, es un ciclo virtuoso de oferta y demanda.
Catamarca: Equilibrio precarioCatamarca: registró un crecimiento poblacional del 16,8% (de 367.828 a 429.562 habitantes). Su empleo privado creció un 12,4%. Si bien existe un gap o brecha negativa, no es abismal. La minería ha logrado contener parte de la demanda laboral, aunque la provincia sigue enfrentando el desafío de que el crecimiento demográfico no supere la velocidad de inversión de las empresas.
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La trampa demográfica de Cuyo: Es aquí donde las alarmas se encienden con mayor intensidad. Mendoza aumentó su población un 17,5%, sumando más de 300.000 nuevos habitantes (llegando a 2.043.540). Sin embargo, su empleo privado cayó un 1,4%. La pregunta inevitable es: ¿Dónde trabajan esos más de 300.000 nuevos mendocinos (o la porción de ellos que es económicamente activa)? La respuesta matemática sugiere un desplazamiento hacia tres posibles destinos: el empleo público (con las limitaciones fiscales que ello implica), el cuentapropismo de subsistencia o, directamente, la informalidad laboral. La economía formal mendocina se ha achicado en términos per cápita de manera drástica. Hay una "torta" laboral privada ligeramente más pequeña para repartir entre un 17,5% más de comensales.
El caso de San Juan es aún más paradójico en términos estadísticos. Fue la segunda provincia de la muestra que más creció en población (+20,8%, alcanzando los 822.853 habitantes), superando la media nacional. Sin embargo, fue la que más empleo privado destruyó proporcionalmente (-2,3%). La brecha entre demografía (+20%) y empleo (-2%) en San Juan es de más de 22 puntos porcentuales. Esta disparidad genera una presión estructural sobre los salarios (a mayor oferta de mano de obra y menor demanda, los salarios tienden a la baja) y sobre el sistema de asistencia social del Estado provincial.
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El Gobierno impulsa un nuevo proyecto minero en Malargüe.
Mendoza, aritmética de la desigualdad
Para comprender la magnitud del problema, es necesario remitirse a la frialdad de los números, que despojan al análisis de cualquier subjetividad política. Según el Censo 2010, la provincia de Mendoza albergaba a 1.738.929 habitantes. Doce años más tarde, el Censo 2022 confirmó lo que la expansión urbana ya sugería: la población había saltado a 2.014.533 habitantes.
Este incremento representa un crecimiento demográfico acumulado del 15,8%. En una economía sana y dinámica, la curva de empleo registrado debería acompañar, con cierta elasticidad, a la curva poblacional. Para mantener el equilibrio social y las tasas de cobertura laboral de 2010, la demanda de trabajo debería haber generado un volumen adicional de puestos formales proporcional a ese 15%.
Sin embargo, la realidad de las planillas salariales es obstinada. Los registros de la Secretaría de Trabajo muestran que, al cierre de este análisis en 2025, el número de trabajadores privados registrados en la provincia oscila en la franja de los 246.000 a 248.000. Esta cifra es virtualmente idéntica al máximo histórico alcanzado en abril de 2015, cuando se contabilizaron 248.600 asalariados formales.
La consecuencia inmediata de este estancamiento es la exclusión sistemática de los nuevos actores del mercado. El llamado "bono demográfico", esa ventana de oportunidad donde la población activa supera a la pasiva, se está convirtiendo en un pasivo social.
La población crece y el empleo registrado no. ¿Adónde está esa gente? La respuesta no está en las estadísticas de desempleo abierto —que a menudo se mantienen bajas por cuestiones metodológicas— sino en la calidad del trabajo. La falta de expansión del sector privado formal abre espacio para que la precarización se convierta en la única válvula de escape del sistema.
El desequilibrio real fomenta el avance del trabajo no registrado. Es la proliferación de la "changa" estructural, del cuentapropismo de subsistencia y de las relaciones laborales encubiertas bajo figuras como el monotributo, que disfrazan una relación de dependencia sin los costos ni los beneficios de la ley de contrato de trabajo.
Los datos de la Secretaría de Trabajo advierten que el empleo existe, pero muta hacia formas que escapan a los marcos legales y de protección. El mercado laboral mendocino se ha vuelto resiliente, sí, pero a costa de consolidar un modelo dual donde la precarización avanza sobre la formalidad.
Evolución comparada: 2015 vs. 2025
Para entender la "foto" actual, es imprescindible mirar la "película" de la última década. El año 2015 marcó un punto de inflexión. Fue una etapa de expansión moderada donde el empleo formal tocó su techo en abril con 248,6 mil trabajadores. En aquel contexto, el mercado laboral todavía acompañaba, aunque con dificultad, el crecimiento vegetativo de la población, estimado en un 1% anual. Existía un equilibrio relativo, sin grandes shocks externos que alteraran la matriz productiva.
El salto a 2025 nos muestra un escenario de recuperación y estabilización post-traumática. Tras el colapso global de 2020, Mendoza logró rebotar. En enero de 2025, el empleo formal rondaba los 247 mil trabajadores, y para el bimestre agosto-septiembre de 2025, la cifra se consolidó en torno a los 246 mil, mostrando una estabilidad sostenida.
Sin embargo, el contexto es radicalmente distinto. Esta estabilidad de 2025 se da en una provincia mucho más poblada y con necesidades sociales más complejas. El equilibrio actual es meramente coyuntural. Haber recuperado los niveles de 2015 no es un triunfo, es apenas un empate técnico que, ajustado por población, sabe a derrota.
El espejo nacional
El fenómeno mendocino no es una isla; es un reflejo, quizás con matices propios, de una patología nacional. La fotografía macroeconómica de la Argentina muestra patrones idénticos.
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El mercado de trabajo en Mendoza mantiene fluctuaciones.
Según el informe oficial más reciente, la población con trabajo registrado en el país alcanzó los 12,907 millones en diciembre de 2024. Al igual que en Mendoza, la curva nacional dibuja una "V": una caída abrupta en el primer semestre de 2020 por la pandemia y una recuperación sostenida desde 2021 hasta 2024.
Pero el dato demográfico es implacable. El crecimiento poblacional del 15% entre 2010 y 2022 es un promedio que aplica tanto a la Nación como a la provincia. Cuando se ajustan los datos de empleo por este factor, la recuperación en términos per cápita es claramente insuficiente.
Si la población crece un 15% y los puestos registrados apenas recuperan su nivel anterior, la relación "trabajadores registrados por habitante" cae drásticamente. En la práctica, esto significa que la economía argentina ha perdido densidad laboral formal.
Sectores en pugna y migración laboral
Al analizar la anatomía del estancamiento mendocino, surge la pregunta sobre qué sectores están fallando en su rol de traccionadores de empleo. Históricamente, la agroindustria y el comercio fueron los grandes empleadores del Gran Mendoza y los oasis productivos. Sin embargo, la tecnificación en el agro y la crisis de consumo en el comercio han limitado su capacidad de absorción.
Se observa una migración laboral silenciosa hacia dos destinos: el sector público y el cuentapropismo. Ante la falta de vacantes en empresas privadas, muchos mendocinos buscan refugio en el empleo estatal —municipal o provincial—, lo que aumenta el gasto público sin necesariamente mejorar la productividad. Otros, empujados por la necesidad, emprenden actividades por cuenta propia, que van desde servicios profesionales hasta el comercio informal.
El desaliento laboral es otro factor que comienza a pesar en las encuestas de hogares. Una parte de la población, frustrada por la falta de oportunidades de calidad, deja de buscar trabajo activamente, pasando a la inactividad o conformándose con subempleos que no utilizan sus capacidades reales.