¿Cuánto separa a los que más ganan de los que menos? En Mendoza, esa pregunta la responden los datos de la Dirección de Investigaciones y Estadísticas Económicas (DEIE). En 2016, los trabajadores del decil más bajo (D1) tenían salarios, en promedio, de $2.955 (con datos a diciembre de ese año), mientras que en el decil más alto (D10) se cobraba en promedio $25.327.
Ocho años más tarde, la distancia es mucho mayor: los de D10 ganaban en promedio $1.607.918 y los de D1 apenas $74.559 según datos de diciembre de 2024. La diferencia absoluta, en pesos, pasó de $22.000 a más de $1,5 millones.
La información proviene de los microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ACV) 2024.
Si se observa la evolución relativa de los ingresos (ratio entre D10 y D1), los valores parecen estabilizarse desde 2020 entre 20× y 23×. Pero la brecha absoluta, medida en pesos, revela el verdadero drama: se multiplicó casi 70 veces en ocho años, con saltos exponenciales entre 2022 y 2024.
- En 2016, la diferencia anual era de $22.372.
- Para 2020 ya superaba los $69.000.
- En 2024, saltó a $1.533.359.
Es decir, la brecha escaló hasta superar las 25 veces la diferencia de sueldos hacia 2019. A partir de la pandemia, la relación se moderó ligeramente, pero se mantuvo en torno a 20–23. Esto significa que, aún con cierta estabilidad nominal, los ingresos altos siguen creciendo en proporción mucho más veloz que los bajos.
Indexación asimétrica: el motor de la desigualdad
Uno de los factores más influyentes detrás de esta brecha es la indexación asimétrica de salarios. Los trabajadores con altos ingresos —gerentes, funcionarios, profesionales— tienen cláusulas gatillo y mecanismos automáticos de actualización vinculados a la inflación. Cuando el IPC sube, sus sueldos también lo hacen, sin demoras.
En cambio, los asalariados informales o bajo convenios menos robustos deben esperar paritarias fragmentadas, muchas veces con meses de rezago. Mientras los de arriba se mueven con el índice, los de abajo lo hacen con negociaciones tardías. Las paritarias en Mendoza pueden ser una buena muestra de ello: tras la subida inflacionaria de marzo y abril, el Gobierno convocó más de un mes después a la reapertura de paritarias, que está cerrando recién en estas semanas.
Esta disonancia genera un efecto acumulativo año tras año, en donde cada ajuste beneficia más a quien ya tenía más.
Entre los factores que más inciden en la ampliación de la brecha, el más determinante es la indexación asimétrica de los salarios. Los trabajadores de ingresos altos —en su mayoría empleados formales, profesionales o ejecutivos— cuentan con cláusulas de ajuste automático que actualizan sus ingresos en función de la inflación. En cambio, los trabajadores de ingresos bajos, muchas veces informales o con contratos temporales, reciben aumentos esporádicos y tardíos.
La desigualdad entre los que tampoco llegan
La desigualdad no solo se expresa entre extremos: también se infiltra entre deciles consecutivos. Las diferencias entre D9 y D8, o entre D2 y D1, crecen y presionan la pendiente de una pirámide cada vez más inclinada.
Los deciles medios (D4–D6) muestran una movilidad en bloque, acompañando la inflación sin ganarle, y sin mejorar su poder adquisitivo.
El millón que marca el abismo
En plan de trazar equivalencias, una brecha de más de $1,5 millones implica que un salario alto podría pagar el ingreso de 20 trabajadores pobres sin resentir su nivel de vida.
Esta distancia implica una clara segregación económica donde mientras unos acceden a salud, educación privada, ahorro y consumo pleno; otros apenas sobreviven. Y entre ellos no hay puente. En Mendoza, por caso, se consolidó el ejército de trabajadores que buscan otro empleo para llegar a fin de mes.
La economía mendocina divide así entre los que están dentro del circuito indexado y quienes están excluidos. El crecimiento del vértice no filtra hacia abajo. No hay redistribución espontánea, solo acumulación.