Como Milei con Gramsci.

Batalla cultural: el Gobierno se apropió de la principal consigna ambientalista para legitimar la megaminería

Como parte del impulso a la minería a gran escala en Mendoza, el Gobierno comenzó a usar la principal consigna de las asambleas, reversionándola.

El Editor Mendoza | Gabriela Valdés
Por Gabriela Valdés
11 de diciembre de 2025 - 08:41

Durante casi dos décadas, la consigna “El agua de Mendoza no se negocia” fue un grito que trascendió las asambleas ambientales. Tampoco importó el signo político que estuviera en el Gobierno. Nació en las calles, se multiplicó en recitales, se estampó en remeras y se replicó en redes sociales como un himno que unía a miles en defensa de un recurso vital. No hacía falta militar en partidos ni integrar formalmente las organizaciones de asambleístas: la frase funcionó como una llamada colectiva, un recordatorio de que el agua es patrimonio común y no moneda de cambio.

La apropiación del oficialismo

Sin embargo en las últimas semanas, el Gobierno provincial se apropió del lema, dándole un giro inesperado. Así como Javier Milei se inventó un Antonio Gramsci de derecha distorsionando sus célebres Cuadernos de la cárcel, en un movimiento de estrategia discursiva para justificar su batalla cultural, la administración mendocina tomó la consigna ambientalista y la resignificó en clave oficialista. El resultado es la resignificación total de una consigna para legitimar proyectos de megaminería y políticas de control social.

Las calles y el orden

La ministra de Seguridad, Mercedes Rus, fue una de las primeras en ensayar esta reinterpretación. “En Mendoza el orden no se negocia”, declaró al referirse al operativo policial desplegado en la Legislatura para contener la protesta contra el avance del proyecto minero San Jorge en el Senado. Con esa frase, la funcionaria trasladó el espíritu de la consigna original al terreno del orden público, desplazando el eje de la discusión desde el agua hacia la disciplina social que espera imponer en Mendoza.

Eslogan y redes sociales

En la víspera, el senador cornejista Martín Kerchner fue más lejos aún. En un reel difundido en sus redes sociales, utilizó la consigna textual, reconvertida en bandera de gobierno: “El agua de Mendoza no se negocia”. En su mensaje, Kerchner defendió las bondades del proyecto San Jorge y aseguró que los controles ambientales serían estrictos.

“No te dejés asustar, los controles van a ser muy estrictos por parte del gobierno”, afirmó, intentando disipar las dudas que persisten en las asambleas y en la población, que tiene a tiro de Google las historias recientes de desastres ambientales por falta de control. Dos nombres asoman rápidamente cada vez que se las consulta al respecto: Jáchal en San Juan y Brumadinho en Brasil.

La metáfora del balde

En el mismo video, Kerchner intentó ilustrar el impacto del uso de agua con una metáfora doméstica. Un asesor le alcanzó un balde y el senador explicó: “Imaginate que el agua de Mendoza fuera un balde, lo que se va a usar es como si pincháramos con un alfiler”. La comparación buscó transmitir tranquilidad, pero los informes técnicos sobre el proyecto San Jorge señalan lo contrario: la empresa fue escueta en información clave, como la dimensión del dique de colas o el detalle del uso de sustancias tóxicas. Precisamente esos vacíos son los que alimentan la desconfianza social.

La batalla cultural por el agua

La apropiación del lema ambientalista por parte del oficialismo revela una disputa más profunda: la batalla cultural en torno al agua y los discursos. En ese marco se inscriben los intentos del Gobierno por resignificar un símbolo nacido de la resistencia ciudadana, transformándolo en herramienta de legitimación política. En esa operación discursiva, el agua deja de ser un bien común en riesgo para convertirse en metáfora de orden, control y progreso económico.

La estrategia no es nueva. Como Milei con Gramsci, el oficialismo mendocino recurre a fragmentos de discursos y consignas para darles un sentido distinto, adaptado a su narrativa.

En las calles, la frase sigue resonando con su fuerza original. “El agua de Mendoza no se negocia” continúa siendo el canto que une a vecinos, estudiantes, artistas y trabajadores y esta semana se repitió en las marchas contra la megaminería.

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